Tiempo de elecciones. Normalmente para esta época, lo único que tengo que soportar, son las ocasionales caravanas que suelen pasar por las calles, y los vecinos que hacen fiestas y mucha pero mucha bulla en las noches.
Nunca me he involucrado mucho en estos asuntos, pues poco o ningún interés despierta en mí la política. Pero esta vez es diferente. No quiero decir que ahora me interese, sino que por cosas del trabajo, he tenido que asistir a dos de las llamadas “reuniones” con los candidatos, curiosamente, cada una con personajes de corriente opositora a la otra.
Así que ahora oficialmente, me siento con autoridad para hacer comentarios a este respecto. Para ahorrar las variables fundamentales espacio y tiempo, debo decir que en esencia, las dos reuniones fueron exactamente iguales, así que sólo describiré mi experiencia en una de mis asistencias.
Primero que todo, como exigencia tácita, la reunión se sitúa en un lugar llamémoslo exclusivo, como un club o un establecimiento reconocido, amplio y por supuesto con acceso restringido. Eso no me disgusta; lo que sí me disgusta, es lo que viene a continuación: una parafernalia de gente horrible con trompetas, tamboras y demás instrumentos propios de una papayera, haciendo un animado ambiente festivo, estridente, y para mi gusto HORRIBLE; esta es la antesala de lo que se esconde tras las puertas donde se encuentra el gran objeto de interés de este evento, es decir, el candidato.
Así que, me introduzco al gran salón esperando tal vez un ambiente más sobrio, y oh! sorpresa, la misma parafernalia, solo que ahora hay más gente, y muchos asistentes sentados, muchos otros de pie rodeando el salón, y en oposición al anhelado ambiente sobrio, muchos tipos ebrios. Me siento como en un concierto, pues al frente, muy a lo lejos como varios puntitos veo en una larga mesa con un elegante mantel, al personaje central rodeado de sus más cercanos secuaces, y que a pesar del sistema de sonido dispuesto para su discurso, no logra hacerse escuchar del todo, de hecho, apenas si puedo conectar algunas frases sueltas que escucho durante unos cinco minutos. Lo más cerca que estuve de la mesa, fue como a unos treinta metros. Aburridos después de esos eternos cinco minutos, mis compañeros y yo aprovechamos el desorden ya que nadie se queda quieto, y cada uno se escabulle entre la gente, a la caza de un trago o un tinto que en algún lado deben estar repartiendo, ya que hay muchas personas sosteniendo copas y vasos de icopor; pero a cada momento debo retroceder rápidamente, ya que por todos lados hay viejitos y viejitas, indudablemente en espera de que alguna influencia política les arregle la existencia, que al ver que me aproximo, me invitan a recibir toneladas de publicidad en volantes. Sobra decir que soy un completo desconocido para ellos, al igual que ellos para mí.
Eso fue suficiente. Deben haber pasado diez minutos desde mi llegada, y ya siento la necesidad de escapar. Afortunadamente, voy acompañado de personas tan apáticas como yo para estos temas, y desaparecemos velozmente, en busca de un ambiente menos desagradable, lo que es muy fácil de encontrar.
Honestamente, escribir esto, fue casi tan aburrido como la experiencia misma, pero lohago para tratar de extraer alguna conclusión de la misma.
Cuando no había participado de estos eventos, pensaba que se trataba de ruido, lagartería y gente molesta, con resultados indiferentes para mí. Ahora no lo pienso: lo sé con certeza.